EL ARPA DORMIDA: Lo dicho al viento, por Ancrugon – Febrero 2013



El amor no es poesía, pero la poesía no existiría sin amor. La aparición de uno no implica obligatoriamente la existencia del otro concepto, sin embargo la relación mantenida entre ambos durante siglos y siglos ha sido fructífera y fecunda, germinando de su cópula volátil y etérea los aleteos de la palabra que aspira a volverse cuerpo. Por eso mismo, porque el amor es mucho más que un simple sentimiento, se separa de su existencia anímica y abstracta para convertirse en materia con ardiente voluntad de fuego en cada roce, en cada beso, en cada calor transferido… Y como desde su nacimiento, allá por el génesis de todas las cosas, ha mantenido su rol de eterno aspirante a ser humano, su inefabilidad se ha transformado en voz y la voz en palabras construyendo, golpe a golpe y piedra a piedra, la inaccesible Torre de Babel de la poesía.
Y hoy yo, pobre humano cuya voz suele perderse en el viento, me atrevo a elegir, entre los divinos habitantes del Olimpo, esas diez creaciones que han sido capaces de hacer vibrar las cuerdas de mi arpa y han abierto el grifo de mi corazón haciendo manar alguna pequeña lágrima, normalmente prisionera del recuerdo, pero no temáis, mi vanidad no es tan grande que analizar pretenda los ecos de otras voces que fácilmente me harían enmudecer, simplemente les abriré la puerta para que su fresca brisa nos traiga los aromas de aquellos jardines soñados donde siempre hubiéramos querido habitar.
Y para ello nada mejor que comenzar con el amor exaltado e insatisfecho de aquel sevillano que pretendía habitar en el deseo huyendo de la realidad, un hombre cuya poesía pura  y coloquial se alejaba de las modas y le reforzaba como ser único e intransferible:




TE QUIERO, de Luis Cernuda (1902-1963)


Te lo he dicho con el viento,
Jugueteando tal un animalito en la arena
O iracundo como órgano tempestuoso;

Te lo he dicho con el sol,
Que dora desnudos cuerpos juveniles
Y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
Frentes melancólicas que sostienen el cielo,
Tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas,
Leves criaturas transparentes
Que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua,
Vida luminosa que vela un fondo de sombra;

Te lo he dicho con el miedo,
Te lo he dicho con la alegría,
Con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
Más allá de la vida
Quiero decírtelo con la muerte;
Más allá del amor
Quiero decírtelo con el olvido.


Los placeres prohibidos, 1931


Por su parte, la poetisa chilena Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura 1945, habla del amor como si de una materia de enseñanza y aprendizaje se tratara, utilizándolo, desde su visión de maestra rural y fémina comprometida, como el arma revolucionaria que es, como la llave de la libertad de la mujer prisionera de su propia condición:


VERGÜENZA, de Gabriela Mistral (1889- 1957)

 

Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.

Tengo vergüenza de mi boca triste,
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.

Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz en la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.

Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
en la tremolación que hay en mi mano...

Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana al descender al río
lo que besaste llevará hermosura!



Desolación, 1922


Pero a veces la poesía se viste de un lenguaje florido,  de musicalidad, de una exquisita armonía que la encumbra hacia las cotas más elevadas del arte y transporta hacia la búsqueda del amor a través del dolor y la ausencia porque, por ejemplo, para el nicaragüense Rubén Darío el amor nace de la locura tras una transformación de la realidad en un sistema de símbolos evocadores de un mundo onírico donde la única razón de ser se basa en la estética:


MÍA, de Rubén Darío (1867-1916)

 




Mía: así te llamas.
¿Qué más harmonía?
Mía: luz del día;
mía: rosas, llamas.

¡Qué aroma derramas
en el alma mía
si sé que me amas!
¡Oh Mía! ¡Oh Mía!

Tu sexo fundiste
con mi sexo fuerte,
fundiendo dos bronces.

Yo triste, tú triste...
¿No has de ser entonces
mía hasta la muerte?





  

Prosas profanas, 1896


En otras ocasiones aparece el duende que nace de la tierra y del pueblo, y con las palabras sencillas de la magia cotidiana el imperio del amor fabrica sus tesoros, y nadie como Federico, mago del verbo y el sentimiento, cuya materia abonó las hierbas de alguna carretera granadina, sin conseguir asesinar su voz, y es que los crímenes de la ignorancia suelen ser así de estúpidos…


EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA, de Federico García Lorca (1898-1936)










Amor de mis entrañas, viva muerte
En vano espero tu palabra escrita
Y pienso, con la flor que se marchita,
Que si vivo sin mi quiero perderte.

El aire es inmortal. La piedra inerte.
Ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
La miel helada que la luna vierte.

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas
Tigre y paloma sobre tu cintura
En duelo de mordiscos y azucenas.

Llena pues de palabras mi locura,
O déjame vivir en mi serena
Noche del alma para siempre oscura.





Sonetos del amor oscuro, 1935


Sin embargo la espontaneidad se pierde a medida que nos adentramos en los vericuetos y laberintos del sentimentalismo barroco, donde la metáfora y todo el resto del ejército de figuras y tropos derrotan lo casual y encumbran lo causal y deliberado. Aparece la belleza, pero huye lo irracional puesto que el poema de amor se convierte en una perfecta estructura calculada por ingenieros racionales:


AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE, de Francisco de Quevedo (1580-1645)









Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora a su afán ansioso lisonjera;

Mas no, de esotra parte, en la ribera,
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.






Primera parte de las flores de poetas ilustres de España, 1605


Pero con Antonio Machado, el poeta de la sobriedad y de los horizontes amplios, retomamos la calidez de lo íntimo y personal que se vuelve universal al brotar de la fuente individual con pretensiones del llegar a ser río, y todos nos vemos reflejados en las claras y cristalinas aguas del verbo fácil y del sentimiento sincero:


SOÑÉ QUE TÚ ME LLAMABAS, de Antonio Machado (1875-1839)








Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!…
Vive, esperanza ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!.






Campos de Castilla, 1912


Sin embargo, si alguien supo utilizar el lenguaje coloquial como medio de expresión poética, ese fue Mario Benedetti, el poeta uruguayo que pretendía identificarse con el resto de los humanos mediante la naturalidad y la crónica de lo rutinario, utilizando para ello instantes y personajes verosímiles con una pizca de buen humor




HAGAMOS UN TRATO, de Mario Benedetti (1920-2009)

Cuando sientes tu herida sangrar
cuando sientas tu voz sollozar
cuenta conmigo
(de una canción de Carlos Puebla.)


Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.


El amor, las mujeres y la vida, 1996


Y entre el sopor del ron de caña y la placidez de la azúcar aparecen los versos claros y concisos de una mujer que vivió entre el lujo de los ricos durante su juventud, y el olvido de los burócratas el resto de su vida, por lo que su poesía fue algo simplemente accesorio, accidental, pero, sin embargo, necesaria como el aire que respirar para poder sobrevivir a una educación paternal y paternalista, y a unos políticos, propios y ajemos, que pretendían hacer propios los méritos que les eran ajenos, y donde el sentimiento del amor resultaba tan sospechoso como la propia libertad:


SI ME QUIERES, QUIÉREME ENTERA, de Dulce María Loynaz (1902-1997)












Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra…
si me quieres, quiéreme negra
y blanca. Y gris, y verde, y rubia,
quiéreme día,
quiéreme noche…

¡Y madrugada en la ventana abierta!
si me quieres, no me recortes:
¡quiéreme toda… o no me quieras!









Versos, 1938


Pero antes del final volveremos al cono sur americano donde otro Premio Nobel chileno, Pablo Neruda, de nombre Ricardo Reyes, hizo del amor un arte y de la poesía un amor. Hombre de metáforas y comparaciones, sin embargo creyó en la sinceridad como bandera de sus creencias y en los aleteos nocturnos como el verdadero sentido del amor:




PUEDO ESCRIBIR LOS VERSOS MÁS TRISTES ESTA NOCHE, de Pablo Neruda (1904-1973)

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.


Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1924


Y qué mejor final que el de un perseguidor de rayos de luna, el cual, cuya sangre se sustentaba del sentimentalismo, osaba publicar a los cuatro vientos que la mejor poesía es aquella que no se escribe y que, sin embargo, es sus arpegios dejó como herencia a la humanidad las rimas más sentidas de la poética de amor:




AMOR ETERNO, de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)















Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá   secarse en un instante el mar;
podrá romperse el eje de la tierra
como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte
cubrirme con su fúnebre crespón;
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.







Rimas, 1860

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